Hoy, mientras asaba unos pimientos, he tenido más ganas que nunca de que nevara. Estaba lloviendo, así que me puse a escuchar El Cascanueces de Tchaikovsky, con la mirada fija en la pared. Quince minutos después, me asomé a la ventana, y todo estaba cubierto de un blanco embriagador. Bajé las escaleras corriendo, y al salir del portal me tropecé. Me caí y me quedé tirada, hice un muñeco de nieve al que llamé Willy e inventé una historia con él: iba a ser mi mejor amigo, el sol no lo iba a derretir jamás y mis monólogos se iban a convertir al fin en diálogos. Me sentí feliz, Willy me sonrió, pero de repente me acordé de mis pimientos, así que volví corriendo a casa, apagué el fuego y le dije a Willy que suba. Me quité la ropa y empecé a bailar ballet mientras la música no paraba de sonar. Luego el disco acabó, Willy no llegaba, volví a salir fuera, y todo estaba mojado, la lluvia seguía cayendo, mis pies estaban calientes, el cielo seguía pálido, los pimientos se me habían quemado y supe que todo lo de antes había sido una ridícula fantasía.
